Presentación y comunicación 2014

Herramienta didáctica para la asignatura de Presentación y comunicación de segundo curso de la Escuela de Arte y Superior de Diseño de Soria.

¿Pagarías por ser musa de un artista?

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A muchos les gustaría inspirar canciones, versos, trazos. También los artistas mendigan a gritos un poco de inspiración en el momento adecuado. ¿Puede forzarse ese encuentro mágico? Numen, preciosa palabra. Así se llama a la inspiración del artista o escritor. Porque «musa» no tiene masculino en la acepción que aquí nos ocupa: no es que siempre sean mujeres las musas, sino que ese poder inspirador tiene algo de femenino, lo opere quien lo opere. Numen: «deidad dotada de un poder misterioso y fascinador». Los lugares, las palabras, las personas… Todo puede convertirse en numen. Y a todos nos gusta serlo, también a los que aún no se han percatado de ello. MUSAS POR ENCARGO Como no todos tenemos la suerte de convertirnos en musa o numen de un artista de forma espontánea, es posible forzar esa situación: convertirse en numen por encargo. Lo han hecho durante siglos los reyes y los nobles, de ahí que gran parte de la obra de muchos artistas consagrados representen aburridos retratos de los más adinerados. En ocasiones, la producción artística del pintor en cuestión prácticamente se limitaba a estas musas impuestas: eran ellas las que costeaban sus lienzos y sus pinceles. Pero ¿a quién dibujaría el artista de encontrarse solo, de vuelta a su casa, arropado por la oscuridad reveladora, la que ilumina los deseos y los impulsos reales? ¿A ese duque, a esa noble…? Seguramente no. No ha pasado el tiempo de las musas forzadas. Quizá nunca pase. Ilustradores, pintores, artistas y fotógrafos ofrecen sus servicios por encargo. Desde el momento en el que el arte se convierte en una profesión, se sobreentiende la imposición del motivo. Incluso hay páginas que ofrecen servicios de composición y grabación de temas musicales bajo demanda. El proceso creativo queda, así, desmembrado: la fase de inspiración es entregada al receptor para que él la moldee a su antojo. Todas estas formas de convertirse (o convertir a un tercero) en musa de forma artificial son perfectamente válidas. Las únicas, de hecho, cuando no tenemos la suerte de ser numen natural de un artista, de inspirar notas o pinceladas, de provocar versos. ¿Y por qué es deseable ese papel, el de portar la varita del ingenio poético? Por ego, claro: si la obra resulta bella (o interesante o admirable por cualquier otro motivo), parte del mérito es nuestro pese a no haber movido un solo dedo. Pero ¡cuidado! Si damos por válida la reflexión de Elizabeth Gilbert al respecto, y aceptamos que las musas son un invento para quitar mérito al artista cuando las cosas salen bien, pero también para quitarle responsabilidad cuando salen mal, esa figura deja de ser tan idílica. ¿Quieres tener la culpa cuando no salga nada de la mente de tu artista, cuando lo que brote no sea adecuado? Creatividad y tormento están, a menudo, muy relacionados. ¿Quieres estar ahí cuando el creador se deje llevar por la agonía? ¿De verdad deseas ser musa? ¿PUEDEN LOS ARTISTAS PROVOCAR LAS MUSAS? Mirándolo desde el lado opuesto, ¿qué pasa con el artista en estas creaciones artificiales, encargadas? Para vencer la frustración de esas obras que no son tan perfectas como él las habría planteado si hubiera podido echar mano de sus «musas naturales» (todo aquello que realmente le inspira y le empuja a crear), es necesario que construya unaestructura psicológica de protección: una sana distancia entre el momento creativo y el momento de exposición y repercusión de la obra. Que lo vea como lo que es, un trabajo, y que lo diferencie en su cabeza y su corazón tanto que eso no contamine el resto de su arte. No hay duda de que las musas existen. Con distintas formas, nombres o definiciones. Por eso tantos artistas han intentado explicar la forma que adquieren para ellos, algunos de forma abstracta y otros de manera muy palpable. Pero las reconocen y hablan de ellas porque les resultan útiles: les protegen tanto del narcisismo como del fracaso. La obra deja de ser únicamente asunto suyo. Lo cierto es que, a veces, durante el proceso creativo, te llegan ideas de una fuente que no puedes identificar. Ese es el numen, lo llames como lo llames. ¿Y cómo hago que se acerque a mi casa ese codiciado visitante? ¿Puedo encargarlo, pedirlo, pagar por él? Lo cierto es que no es muy descabellado pensar que, igual que existen el coworking y el crowdfunding, surgiera una plataforma que pusiera en contacto a musas y artistas, tan necesitados como están los unos de los otros. De momento, puedes invocar al numen propiciando momentos de relajación (o todo lo contrario, según lo que funcione en tu caso), persiguiendo experiencias que te lleven a él… pero siempre, sin excepción, llegará simplemente cuando quiera. De nuevo: ¿cómo evitar la frustración si no llega? Aceptando que en la creación de tu ópera prima tú no eres el único responsable. Cumpliendo todo lo que esté estipulado en tu parte (trabajo, técnica, concentración) y aceptando sin rechistar lo poco o mucho que la musa quiera darte. Elizabeth Gilbert nos lanza una última pregunta: ¿y si la musa no quiere poner de su parte? Pues entonces no te queda más remedio que seguir escribiendo, componiendo, esculpiendo o pintando: «tú haz tu trabajo. Si el brillante genio que tienes asignado decide que se vislumbre por un momento la maravilla, disfruta».

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